martes, 26 de mayo de 2009

Las promesas condicionadas de Leyla Macor

Como todo el mundo sabe, el derecho italiano se deriva del derecho romano y de los códigos de Justiniano, y ambos influyeron en la mayoría de las reglas jurídicas occidentales. Pues bien, una de sus normas habla del “estado de necesidad” que, cuando existe, anula la promesa de una prestación exagerada.En castellano, eso quiere decir que si por ejemplo un marinero le salva la vida a un náufrago luego de que éste, a punto de ahogarse, le prometiera una recompensa desproporcionada a cambio (“te doy mi casa, mi esposa, un millón de dólares, mi perro, pero sácame del agua”), entonces se considera que la promesa fue hecha en “estado de necesidad” y por lo tanto no cuenta.Este asunto del “estado de necesidad” siempre me resultó simpático por sus aplicaciones a la vida cotidiana. Mi padre cuenta que en su primera juventud (ha tenido decenas de juventudes), cuando invitaba a una novia a la playa y ella, invariablemente, llegaba acompañada por su inquisidora chaperona, solía ofrecerle a esta señora que se fuera a comprarse lo que quisiera en alguna tienda cercana.–Considérelo un regalo–, le decía, haciéndose el magnate aunque con la esperanza de que la doña fuera discreta en sus apetitos de compra. Pero cuando esta infaltable tía volvía dos horas después con dos bolsas repletas en la mano, mi padre deseaba apelar al “estado de necesidad” para faltar a su promesa. La necesidad, se entiende, era la de pasar un rato a solas con la chica.Los creyentes que prometen a Dios recorrer de rodillas 40 km si su ser querido se salva de un accidente, bien podrían apelar al derecho romano ante el Señor para ahorrarse la autoflagelación. El almacenero que garantiza que su jamón es el mejor, el desempleado que ofrece trabajar el doble para que le den el puesto, el candidato que promete erradicar la pobreza en tres años, la maestra que pide silencio a cambio de un punto en las calificaciones, todos ellos actúan bajo el mismo impulso del náufrago, pródigo en promesas condicionadas, y no se vale.No se puede creer en la palabra de alguien necesitado, acorralado, arruinado o excitado. Las únicas promesas que cuentan son las que no hace falta hacer. Y, si no hace falta hacerlas, entonces para qué hacerlas. Toda promesa guarda en su seno su futuro incumplimiento, así como el poder aloja el germen de la corrupción y el matrimonio, el del adulterio. Grandes los romanos.

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